spacer
"He jurado ante el altar de Dios, hostilidad eterna hacia toda forma de tiranía sobre la mente del hombre". James Madison, 1776.
Remembranzas de Resurrección Imprimir E-Mail
REMEMBRANZAS DE RESURRECCION
Relato de mi conversión (*)

Nota:
Texto publicado en Enero de 2001 en la Revista Adventista, Asociación Casa Editora Sudamericana, Bs.As., Argentina, p.25-28, y en cuatro idiomas en la revista Diálogo Universitario, Vol.12, No.2, 2000, Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Maryland, EE.UU., p.34-35 (http://dialogue.adventist.org/articles/12_2_palomino_s.htm)

En 1990 ingresé a la cuatricentenaria Universidad de San Marcos. Escogí la carrera del Derecho calculando que su aprendizaje implicaría nociones  de historia, política y filosofía que aspiraba a recibir tanto como las materias jurídicas propiamente dichas y por la histórica tradición  académica, intelectual y política de San Marcos, cuna de bravos luchadores sociales, de intelectuales libertarios y de próceres de la independencia. Las gestas del incipiente movimiento obrero de la década de 1920, de los partidos liberales reaccionando contra el militarismo y  clericalismo así como vanguardistas tendencias filosóficas, políticas y sociales encontraban allí agudos representantes y apasionados auditorios juveniles que las discutían cual Aereópago ateniense. No en vano un poeta peruano dijo de San Marcos que era ”cuna de inquietudes y plaza de victorias”.
 
Desde 1980 la violencia política sacudía al Perú debido a la confrontación entre las Fuerzas Armadas y dos agrupaciones terroristas, realidad que la mayoría de Universidades reflejaron al convertirse en un campo de batalla entre organizaciones estudiantiles de izquierda que luchaban entre sí y todas a su vez contra el terrorismo maoísta de Sendero Luminoso. En el marco del drástico contraataque gubernamental, en 1991 el Gobierno decidió intervenir con tropas, tanques y helicópteros en el Campus Universitario. A pesar de ello, mi primer año de estudios fue pletórico de descubrimientos intelectuales pero también de ansiedades y confusiones espirituales motivadas principalmente por mi afán de discernir imparcialmente la posibilidad de ser cristiano y al mismo tiempo un investigador científico. Hice mías las razones del “EMPFINDUNGEN” de Karl Marx, el cual poetizaba:
 
“ No puedo hacer con parsimonia
lo que sacude el alma y la estremece
ni sumirme en la inmovilidad,
y sin cesar me lanzo hacia adelante.
Quiero hacerlo todo mío,
hasta el más alto favor de los dioses,
y con pie audaz penetrar en el mundo
del saber, del canto y del arte.
Todo quiero comprenderlo, siempre en vigilia,
en movimiento siempre,
jamás callar, nunca estar ocioso,
ni dormido en acciones y voluntades.
Ni dedicarme a vagas cavilaciones,
cargando con el yugo despreciable.
Nos queda todavía por delante
las ansias, las fatigas y la acción. “

 
A la par de ello, siempre consideré que la búsqueda de la Verdad no era un mero ejercicio científico o intelectual. La lucha por descubrir la verdad tiene un propósito más profundo y trascendental en la vida del ser humano. Buscar, luchar, pelear y perseverar por encararse con la Verdad bajo la cual la existencia misma encuentra una razón y un sentido, importa sobre todo por la necesidad de edificar el proyecto personal de vida teniéndola a ella como su base, como piedra de toque, como fundamento.
 
Al impacto de complejas filosofías y del dogmatismo cientificista pronto surgió un conflicto entre mis creencias católicas y una Ciencia Social que negaba mis más arraigadas convicciones filosóficas, morales y religiosas. En un sincero esfuerzo por mantenerme fiel a la “verdad” -aunque ésta parecía estar en contradicción con mis creencias- abandoné la creencia en la existencia de Dios adoptando la fe materialista: ahora el Eterno estaba representado por la continua evolución de la materia orgánica cuyo movimiento se habría originado en una Gran Explosión dando incontables “saltos cualitativos” surgiendo finalmente la vida humana y la consciencia. Por tanto, las ideas y sentimientos no eran más que complejas segregaciones de la materia altamente evolucionada (el cerebro) y no era Dios quien había creado al hombre, sino éste a Dios. De resultas, el cristianismo resultaba en una creencia popular más y su historia la de cualquier secta mística que gana ciudadanía y extensión con el mero transcurrir de los siglos. Ante esto, lamentablemente no encontré cristianos suficientemente preparados que refutaran convincentemente dichas posiciones sino antes bien, “defendían” a Dios a partir de posiciones doctrinales apriorísticas, dogmáticas y/o meramente sentimentales.
 
Mi vieja ética católica basada en Buenas Obras estaba siendo reemplazada progresivamente por una ética humanista de fundamento materialista, la cual se proyectaba sobre la moralidad y validez de mis actividades. Reflexionando al respecto, razonaba: “finalmente, ¿cuál es la importancia del ser humano residente de un pequeñísimo mundo ubicado dentro de una ínfima galaxia que se desplaza en el seno de un eterno e infinito universo?. Seamos, pues, relativos, y digamos que valemos por lo que somos para nosotros mismos entendidos como un género: el Humano. Y como género no tenemos más que este valor: ser uno más del millón de especies vivas del Universo. Y como individuos... tendremos valor sólo sí aportamos a la realización del ideario colectivo: una Humanidad Feliz. Después de todo: hasta nuestra forma de vida está llamada a desaparecer algún día de no poder emigrar hacia otros mundos... "Polvo eres y en polvo te convertirás". Sin embargo hay seres de polvo que se transforman en imágenes de piedra por la solidez de su ejemplo; siendo mortales permanecen en el recuerdo de los vivos. Trascienden.” De pronto el nuevo nombre del Derecho era ahora “justicia” y de la “abogacía”, “Política”. Y esto, por cierto, era motivo de permanente y gran preocupación familiar. Hacia 1991 yo escribiría que “ …en una sociedad agonizante como la nuestra, en la que la lucha social adquiere día a día más dramatismo, las masas han de sustituir sus mitos religiosos y "metafísicos" por una nueva fe, una nueva religión: la  política revolucionaria.”

Determiné entonces pasar de las palabras a la vida, de la teoría a la acción afiliándome a una organización socialista universitaria.
 
ENTRE DOS FUEGOS
Como jóvenes militantes de izquierda, nos encontrábamos a menudo entre dos fuegos, el del Estado y el del terrorismo extremista. Los estudiantes cristianos tampoco escapaban de la situación ya que al considerarse que la religión era “el opio del pueblo” se convertían automáticamente en enemigos de la “Revolución”, especialmente los Adventistas del Séptimo Día quienes eran tachados de “fachada del imperialismo yanqui”. Todo el clima era declaradamente hostil. Cierta vez, luego de una ardua jornada de trabajo, los estudiantes adventistas habían elaborado un mural en una de las paredes de la Facultad cuya silueta era la de una Biblia abierta...Al cabo de dos días la encontraron cubierta totalmente de pintura negra con una elocuente hoz y martillo rojas en su centro junto a una inscripción que rezaba: “Fuera cerdos de San Marcos”. Esta incertidumbre pues, afectaba al grueso del estudiantado y más a quienes militábamos en posiciones políticas opuestas tanto al Estado como al terrorismo.
 
EL PRIMER CONTACTO
En 1995, siendo un marxista leninista “convicto y confeso” y como coronación a una permanente trayectoria política de representación estudiantil desde mi ingreso a San Marcos,  fui elegido Representante Estudiantil de mi Facultad y al mismo tiempo ejercí la representación del movimiento estudiantil de toda la Universidad. Llegado a ese hito de activismo político y madurez ideológica fue que accidentalmente conocí a una joven adventista, quien era compañera de la misma aula de clases. Como las responsabilidades del liderazgo eran excesivas e impostergables, acudía a su desinteresada ayuda para procurarme las copias de las clases que no podía presenciar. Fue su actitud carente de prejuicios hacia quien - como yo- criticaba pública e implacablemente a la religión y a los creyentes lo que me animó a interesarme respetuosamente en su “peculiar” posición religiosa. Podía tolerar muchas de sus doctrinas pero una vez casi me echo a reír cuando escuché que creían que el diablo era un ser personal y no sólo un símbolo del mal. También me era inaceptable eso de que los adventistas “no tomaban, no bailaban, no fumaban, no..., no..., y no...,” y que eran fanáticos observadores del Sábado judío. “Cosas de las sectas”, me dije a mí mismo.
 
Fue entonces cuando el Centro de Estudiantes Adventistas organizó una conferencia dictada por el profesor adventista Merling Alomía sobre Arqueología Bíblica y ella se atrevió a invitarme.  Dado mi secular respeto a otras posiciones ideológicas no tuve problemas en –no sólo asistir- sino en consentir el uso del local del Gremio estudiantil para dicha disertación. Me sorprendió sobremanera el planteo riguroso, justo y mesurado de la relación entre Ciencia y Fe, entre Revelación Bíblica e Investigación Científica. Ello avivó inusitadamente mi curiosidad y la conciencia de las fundamentales debilidades lógicas y argumentales del propio discurso socialista en general y marxista en particular, que como producto de mi propia experiencia política a esa altura de mi vida ya venían evidenciándose ante mí mismo. El expositor había aludido a unos rollos encontrados en 1947 en el Mar Muerto que echaban grandes luces sobre la fidelidad histórica de la Biblia. Esa fue mi primera pista. Recordé entonces que había en casa un libro al respecto escrito por el sagaz apologista católico Vittorio Messori, “Hipótesis sobre Jesús”, el cual desarrollaba dicho tema.
 
LA VERDAD NO ES UNA TEORIA, ES UNA PERSONA
Eran principios de 1996. Abrí dicho libro y de su lectura surgió un serio desafío que sería una cobardía sectaria y dogmática rechazar para un libre pensador como yo: de aquellos rollos del Qumrán se podía confirmar irrefutablemente la antigüedad y fidelidad textual del antiguo libro de Isaías. Ello no revelaría gran cosa si es que en dicho libro bíblico no existieran profecías relativas a quien se había considerado a sí mismo como el Hijo de Dios: Jesús de Nazaret.  ¿Se trataría de una de esas “profecías” ambiguas y generales y fácilmente manipulables por quien deseara encontrar razones para creer...?. Tenía que verificarlo y había sólo una manera.
 
Esa noche hice algo que no hubiera hecho en ninguna otra circunstancia. Extendí mi brazo y tomé aquél libro olvidado en un rincón de mi Biblioteca personal. Era la Biblia, la “sagrada” escritura. Ayudándome del índice fui al capítulo 53 y lo leí varias veces. La armonía entre los hechos descritos por aquel viejo libro profético escrito con espectacular antelación histórica al Evangelio era exacta. Los fundamentos mismos de mi Filosofía materialista de la Historia crujieron. Si algo llamado “profecía” podía existir eso sencillamente quería decir que todo se me venía abajo: ¿Qué capacidad mental podría avizorar el futuro si el Ser (la realidad visible) estaba determinada por la Conciencia (Dios), y no la Conciencia por el Ser como aseguraban Marx y los demás materialistas?. Algo andaba mal... ¿Y si era verdad?, ¿empezar todo de nuevo?, ¿podría ser que yo haya negado al mismísimo Hijo de Dios durante todo este tiempo?... ¿no era yo el líder público de la organización socialista más reconocida de aquél momento en la Universidad y de una de las oleadas más resonantes del movimiento estudiantil después de muchos años?... ¡sería algo insólito!: ¿Qué se diría de mí?... ¿De ateo militante a ovejita de una “secta” religiosa?. Pero la verdad seguiría siendo la verdad al margen de mis preferencias y conveniencias personales. La calidad de “verdadero” de algo nunca dependería de la cantidad de personas que lo reconocieran... Además sólo yo me perjudicaría con una existencia basada en el auto engaño.
 
He guardado una copia de lo que escribí aquella noche de revelación: “…. Aquí, escribiendo a través de esta máquina hija de la tercera ola, recuerdo el rostro de Cristo. Lo he visto en un cuadro. Y su realidad me infunde tal temor, tal incertidumbre ante tantas preguntas, que prefiero abandonar dicha reflexión: no quiero blasfemar, no quiero que mi racionalismo vuelva a empañar su inmarcesible amor hacia mí. Considero que es una ingratitud reflexionar si me ama o no me ama, sobre si le importo o no le importo... mientras efectivamente lo ha hecho durante toda mi vida... cuando me alejaba y me jalaba otra vez hacia El. Prefiero dejarlo allí. No quiero herirlo. Aún NO CREO en El. Siento que me hundo en un absurdo. No soy el mismo de nunca. He perdido completamente mi rumbo. Nada me satisface, no sé a donde voy. ¿Quién soy?. ¿Qué debo hacer para vivir?.” “ A veces la humanidad me inspira tal desprecio que temo volverme un soberbio. Y entiendo lo divino tan lejano que se me hace incluso difícil siquiera imaginarme ser un verdadero cristiano. ¿Poner la otra mejilla?. ¿Amar a mis enemigos?. ¡Oh, Dios!, por qué nos pides imposibles?….”
 
Entonces decidí que lo mejor sería pensar fríamente. Me dije a mí mismo: "debes reabrir esta cuestión, el de la existencia de Dios. Investiga de nuevo, vuelve al punto de partida". Sinfín de preguntas bullían en mi mente: ¿cómo explicar tanta injusticia y explotación si Dios existiera?, ¿cómo podría existir un Dios indiferente al dolor y llamarse a sí mismo misericordioso?, ¿porqué tantos años de victoriosa Inquisición si aquellos mártires habían estado de su lado?, no lo entendía. Sólo sabía que existían Isaías 53 y Salmos 22 con siglos de anticipación a los hechos. Y los hechos no podían acomodarse a la profecía; el relato bíblico no había sido cuestionado en su veracidad por siglos; los propios fariseos no cuestionaron nunca la existencia de los milagros de Jesucristo, sino la autoridad con la que El los hacía... Me pareció ver como en un recuerdo un sereno rostro sonriente y amable...algo juvenil, pero maduro. Esa fue una noche muy importante... El Saulo que llevaba dentro caía y su sabiduría era abatida en el polvo.
 
"¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?"
Me reservé las graves dudas que me asaltaban. Formulaba preguntas aquí y allá, debatía con mis camaradas, leía mucho, abría la Biblia, buscaba. Me asombré mucho al percatarme de que muchos de los "librepensadores" que me rodeaban querían pasar por alto ciertos hechos fundamentales por temor a la verdad o por prejuicio. Fue entonces que me invitaron a un "Grupo Pequeño" en el que se estudiaba el tema de la Justificación por la fe". Saber que cristianismo no consistía en ser una persona moral y consecuente me impactó. Me di cuenta de algo: aquél "opio" al que Marx se refería, sin duda no se identificaba con las enseñanzas bíblicas. Dios era muy comprensible y realista al no exigirnos una conducta intachable como producto de nuestros esfuerzos: ¡pues eso era imposible!. Por aquél tiempo hubo una Semana de Predicación a cargo del pastor Alejandro Bullón. Las responsabilidades que tenía me impedían asistir, pero perseveré y asistí. El tema de esa noche versaba sobre la conversión de Saulo. Eso era demasiado. ¿El Espíritu Santo me habría conducido allí para hablarme?... Tomé un taxi de regreso a casa y sorprendentemente el taxista me preguntó: "¿Conoce Ud. ya al Señor Jesús?"... Sólo atiné a mirarlo y decir: "Sí, parece que ahora sí".
 
Los difíciles momentos que tuve que sobrellevar en 1996 producto de mi activismo político (las autoridades designadas por la dictadura me expulsaron de la universidad por dos años como represalia), me sirvieron para profundizar en las Escrituras y comencé a observar los Sábados asistiendo a la Iglesia al punto de que ya me confundían como un miembro más. Investigué las doctrinas bíblicas por mí mismo, haciéndome de cuanto libro denominacional llegara a mi alcance. Recuerdo que uno que me impulsó poderosamente fue "El Conflicto de los Siglos" pues derribó mis viejas posiciones socialistas sobre filosofía de la historia obsequiándome con una riquísima Escatología revelada en la trama misma de la historia universal. Ese había sido el último escollo mental. (A propósito, existe una monumental obra sobre ello: El Sentido de la Historia y La Palabra Profetica, del Pastor Antolin Diestre Gil).
 
La doctrina del Don Profético manifestado en Ellen G. De White fue un tema que me ofreció particular resistencia, incrementada debido a que casi todos mis nuevos hermanos de fe no sabían mucho acerca del tema. Unos sostenían que ciertos textos eran inspirados pero otros no... otros decían que los Testimonios eran válidos sólo para su tiempo, etc. No podía bautizarme si no profesaba dicha doctrina por la sencilla razón de que era parte del Voto bautismal: confesaba a Cristo como Salvador y guardaba los Mandamientos, pero ¿ser típicamente un "Adventista"?... La Providencia quiso que un hermano pusiera en mis manos un excelente libro al respecto: "E.G.White, Profetisa del Destino". Al cabo de leerlo y reflexionar, los cuestionamientos más graves estaban resueltos.
 
Mi asistencia a la Iglesia motivó las reacciones de mis ex camaradas. Mas "si Cristo es conmigo, ¿quién contra mi?". Uno de ellos, en base al testimonio de mi conversión, también redescubrió su fe original, y aunque hoy está postrado en su lecho de dolor víctima de una dolorosa enfermedad, comparte la esperanzadora promesa de la Resurrección. Me bauticé un 30 de Agosto de 1997. Participo activamente de los Ministerios de Escuela Sabática y Libertad Religiosa en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, actúo como Predicador laico y Presidente del Centro de Estudiantes Adventistas de la Universidad de San Marcos.
 
Y junto a mis hermanos universitarios, peleo la buena batalla de la fe esperando el glorioso día del Regreso del Señor mientras predicamos las Buenas Nuevas a este mundo.

Nota:
Texto publicado en Enero de 2001 en la Revista Adventista, Asociación Casa Editora Sudamericana, Bs.As., Argentina, p.25-28, y en cuatro idiomas en la revista Diálogo Universitario, Vol.12, No.2, 2000, Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Maryland, EE.UU., p.34-35 (http://dialogue.adventist.org/articles/12_2_palomino_s.htm)

spacer
HOY: Jueves, 25 de mayo de 2017 - 10:26 am
Copyright 2017. Todos los derechos reservados.
spacer